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Tensión en Alemania

La Iglesia alemana, que parecía haber marcado el paso al Papa y al conjunto de la Iglesia en este pontificado, se ha visto desairada y ha reaccionado con dureza e incluso con asomos de amenazas y rebeldía.

La “sorpresa” manifestada por el cardenal Marx va más allá del rechazo a la comunión de los protestantes y expresa el sentimiento de la mayor parte de los obispos alemanes al ver que, por primera vez, no les dan la razón y les piden que sigan siendo fieles a la tradición católica, que ellos quieren hacer desaparecer. Ahora hay que esperar a ver cuáles serán las consecuencias por ambas partes.

El Santo Padre se ha visto enfrentado públicamente por obispos que se contaban entre sus más encendidos defensores. Estos obispos, acostumbrados a hacer lo que querían y quizá afectados del viejo pecado alemán del supremacismo, se sienten traicionados por un Papa que, según creen ellos, les podría deber incluso el mismo pontificado. El Papa no puede ceder, y ellos, probablemente y dada su psicología, tampoco lo harán.

Paralelo a esto está la cuestión de cómo ven los medios de comunicación lo que está ocurriendo.

No es casualidad que la revista “Micromega”, referente de la izquierda italiana, haya publicado esta semana duras críticas contra el Papa, mostrando su desilusión con él por no haber avanzado más en las reformas de la Iglesia que, según ellos, había prometido.

El Papa no ha llegado al “todo vale”, y eso les decepciona, y falta aún otro asunto, el destino del llamado G9, el grupo de cardenales que asesora al Papa.

¿Qué harán ahora los comentaristas que elogiaban al Papa y que nos insultaban, amenazaban y acusaban a los que defendíamos la interpretación de sus enseñanzas con un criterio de continuidad, de ser traidores al Pontífice y habernos convertido en sus enemigos? Ahora se verá si los autoproclamados amigos del Papa eran tales o solo oportunistas.